LAGRIMAS EN XALAPA.- El Hay Festival Xalapa tuvo una condición muy especial. No era un festival de grandes estrellas, las entrevistas en vivo con Martin Amis, Richard Ford, Sergio Ramírez, Margo Glantz o Alfredo Bryce Echenique, que en otras ferias de libros o encuentros estarían abarrotadas, no atraían mucho público. Lo que sí atraía mucha gente eran actividades que explicasen, por ejemplo, qué es la poesía o qué es el cuento, independientemente de sus expositores. El público de Xalapa era un público no de intelectuales ni de gruppies literarios sino de estudiantes, eso quedó claro.
Solo dos autores lograron lleno total. Uno de ellos, Sergio Pitol, desde luego, a quien estuvo dedicado el Festival y que es una gloria del estado veracruzano. Todas sus actividades, todos sus pasos, estuvieron seguidos por sus fans. La otra autora que logró ese arrastre fue Elena Poniatowska, convertida desde hace unos años en una líder política más que una escritora, una mujer que habla de obreros ferroviarios y defensa de las minorías. La chica de Hugo Chávez, ya saben.
Pero ni Sergio Pitol ni Elena Poniatowska lograron lo que consiguió en su presentación Alejandro Solalinde, organizada por Amnistía Internacional. Es un sacerdote mexicano que ofrece asistencia humanitaria a inmigrantes en el estado de Oaxaca. Defensor de los derechos humanos, se pensó que no asistiría al Hay Festival porque vive amenazado por bandas locales y funcionarios. Una piedra en el zapato. Pero Solalinde fue. Y no solo fue sino que hizo llorar a su auditorio. “Tengo miedo” gritaba un chico. Y él, pacíficamente, le decía que no debía temer sino a su propio miedo. “Eres nuestro guía” le decía otro, y él advertía que no debían admirar a nadie salvo a ellos mismos. Al final, regaló una rosa blanca (la señal del Hay Festival de que tu tiempo se acabó) a una señora. No sé quién era, no sé por qué se la regaló, pero mientras la pantalla gigante enfocaba el gesto el auditorio se llenaba de lágrimas. Vi llorar a varias personas, de pie, aplaudiendo. Solalinde, como orador, no era extraordinario. Era más bien opaco, poco convincente, con voz apagada y lleno de clisés. Pero en tiempos difíciles, a veces las acciones dicen mucho más que las palabras.

LAGRIMAS EN XALAPA.- El Hay Festival Xalapa tuvo una condición muy especial. No era un festival de grandes estrellas, las entrevistas en vivo con Martin Amis, Richard Ford, Sergio Ramírez, Margo Glantz o Alfredo Bryce Echenique, que en otras ferias de libros o encuentros estarían abarrotadas, no atraían mucho público. Lo que sí atraía mucha gente eran actividades que explicasen, por ejemplo, qué es la poesía o qué es el cuento, independientemente de sus expositores. El público de Xalapa era un público no de intelectuales ni de gruppies literarios sino de estudiantes, eso quedó claro.

Solo dos autores lograron lleno total. Uno de ellos, Sergio Pitol, desde luego, a quien estuvo dedicado el Festival y que es una gloria del estado veracruzano. Todas sus actividades, todos sus pasos, estuvieron seguidos por sus fans. La otra autora que logró ese arrastre fue Elena Poniatowska, convertida desde hace unos años en una líder política más que una escritora, una mujer que habla de obreros ferroviarios y defensa de las minorías. La chica de Hugo Chávez, ya saben.

Pero ni Sergio Pitol ni Elena Poniatowska lograron lo que consiguió en su presentación Alejandro Solalinde, organizada por Amnistía Internacional. Es un sacerdote mexicano que ofrece asistencia humanitaria a inmigrantes en el estado de Oaxaca. Defensor de los derechos humanos, se pensó que no asistiría al Hay Festival porque vive amenazado por bandas locales y funcionarios. Una piedra en el zapato. Pero Solalinde fue. Y no solo fue sino que hizo llorar a su auditorio. “Tengo miedo” gritaba un chico. Y él, pacíficamente, le decía que no debía temer sino a su propio miedo. “Eres nuestro guía” le decía otro, y él advertía que no debían admirar a nadie salvo a ellos mismos. Al final, regaló una rosa blanca (la señal del Hay Festival de que tu tiempo se acabó) a una señora. No sé quién era, no sé por qué se la regaló, pero mientras la pantalla gigante enfocaba el gesto el auditorio se llenaba de lágrimas. Vi llorar a varias personas, de pie, aplaudiendo. Solalinde, como orador, no era extraordinario. Era más bien opaco, poco convincente, con voz apagada y lleno de clisés. Pero en tiempos difíciles, a veces las acciones dicen mucho más que las palabras.